lunes, 25 de junio de 2012

Un poyo rojo

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por Juan Manuel López Baio
25.junio.2012

Se habla con frecuencia en nuestro medio del “cruce de disciplinas”, esa amalgama de flujos diversos que la modernidad tardía celebra y propicia. En las artes performáticas que se proponen explícitamente esta meta nos encontramos a veces con resultados interesantes, llamativos, heteróclitos, incluso cautivantes, pero de los que no podemos dejar de visualizar (más o menos disimuladas según la estética) las costuras por las cuales esa heterogeneidad de lenguajes ha dado en organizarse de alguna forma presumiblemente nueva. Costuras que evidencian un origen ideológico, una voluntad conceptual de orden y posicionamiento a priori, que no se corresponden con el acontecimiento del hallazgo, en el magma de lo caótico, del elusivo pez dorado... por utilizar una de las tantas imágenes poéticas que refieren al misterio último del arte como aventura del espíritu (si me disculpan el exabrupto de lirismo). Pienso que tal vez este sea un obstáculo ineludible, de época, en lo que de todos modos sea, en ciertos casos, una búsqueda genuina.

Desde esta perspectiva Un poyo rojo aparece como un feliz descubrimiento. Sin grandes aspavientos, la obra se presenta a sí misma con sencillez, como lo que es: teatro físico. Pero, ¿qué significa exactamente esto? Partamos de algunas observaciones, no para llegar a una respuesta, sino para cargar de sentidos la pregunta.

La definición de “riña de gallos” dada por Wikipedia comienza así: «Una pelea de gallos o riña de gallos es un combate que se lleva a cabo entre dos gallos de un mismo género o raza de aves denominada "aves finas de combate", propiciados por el ser humano para su disfrute». Sin duda, el título de la obra y las imágenes que de ella circulan nos predisponen para el combate de dos finas aves que, en este caso, han de ser los bailarines-actores propiciados para nuestro disfrute. Vamos a ver.

Silencio. A centro-foro, locker metálico y banco de madera. Delante, los dos intérpretes, zapatillas, joggin, remera. Algo hay de “gimnasio”. Calientan. Se perciben. Se desafían. Bailan. Se desafían bailando. ¿Bailan o, con soltura y maestría técnica, parodian? ¿Estamos viendo danza? ¿Una escena? ¿Teatro? ¿Cuál es la “historia”? ¿Quiénes son los “personajes”?

Los interrogantes iniciales tensionan estas categorías, y permanecen luego, en suspenso, en un segundo plano a medida que la acción se desarrolla y, para nuestra sorpresa, nos encontramos tentados hasta la carcajada por la serie de situaciones mudas, por momentos desopilantes, que oscilan con fluidez entre lo figurativo y lo abstracto (sorpresa, hallamos también en lo abstracto de algunos movimientos una fuente súbita de humor), entre lo coreográfico y lo cotidiano, sin solución de continuidad.
Desde aquí la escena deriva hacia a un largo momento, en apariencia casi estático, una imagen de leve movimiento. Junto al locker uno se mira en el espejo, el otro se sienta en el banco en dirección a la platea, juega con los cigarrillos. Acompaña el sonido y el mundo de la radio, cuyo dial maneja el que estudia su barba en el espejo. El otro escucha, y siente. Los luchadores se preparan, en quietud, para la pelea. Momento bisagra, donde lo que pasa es únicamente lo que les pasa, lo que pasa entre ellos. Y si lo que acá sucede no es teatro que me parta un rayo.

Estos pequeños cuadros ligados conducen a la ronda final de enfrentamiento en la que los luchadores se jugarán, en la danza y la destreza acrobática, algo más que el alcance de sus habilidades. Se trata del afecto que los atraviesa, del deseo que los mueve y los vincula y que todo el tiempo nos cuenta ese algo más, eso que nos da risa y ternura en medio de los vuelos rasantes y las proezas de ritmo y precisión.

Con frescura, talento, y un riguroso trabajo técnico, el grupo nos regala una pequeña historia construida del modo más imprevisto, un verdadero teatro físico si los hay. Quiero cerrar esta nota saliéndome del protocolo habitual, para citar la sensación de una amiga(*) que me acompañó durante la función, sensación que comparto y que valora la obra por “(...) su lejanía con lo solemne y su cercanía con lo que se dice popular: cumbia, riña de gallos, y una especie de competencia deportiva, para mezclarse con la danza y contar una simple historia de amor.” Una simple historia que, les recomiendo, ¡vale la pena no perderse!




(*) Muchas gracias, señorita Olguín

Ficha técnica

Duración: 60 minutos
Actúan: Alfonso Barón, Luciano Rosso
Vestuario: Luz Macías
Diseño de luces: Eduardo Maggiolo
Operación de luces: Laura Abad
Fotos: José Miguel Carrasco
Coreografía: Nicolas Poggi, Luciano Rosso
Dirección: Hermes Gaido

Festival de Teatro Rafaela 2009
VI Festival Buenos Aires Danza Contemporánea

Temporada 2012
Viernes 22.30 hs
Teatro del Perro
Bonpland 800 – CABA (Mapa)
Teléfono: 1164261511
Entrada: $40

Trailer

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